domingo, 3 de mayo de 2015

La niña de la selva (y 2)

Sin lugar a dudas, la isla de Nueva Guinea es la zona con más diversidad y riqueza lingüística del mundo. Se calcula que en la isla se hablan unas 850 lenguas diferentes (un 12% de todas las lenguas del mundo), y todas ellas englobadas en unas 60 familias lingüísticas exclusivas de la isla! Os recuerdo que nuestra familia lingüística es el Indoeuropeo, que engloba idiomas tan diferentes como el castellano, el ruso, el persa o el islandés!


Si nos imaginamos que en Cataluña hubiese la diversidad lingüística de Papúa Nueva Guinea, teniendo en cuenta que tienen una población similar, nos encontraríamos que, en un pueblo como Viladrau (1.000 hab.), hablarían una lengua aislada sin ningún tipo de relación con ninguna otra lengua. Y en una comarca como Osona (150.000 hab.), cada pueblo hablaría una lengua tan diferente entre sí como lo pueden ser el portugués y el búlgaro!


Evidentemente, la isla es una paraíso para los lingüistas. Poco a poco, los estudios que se realizan, van configurando y ayudando a comprender las relaciones de parentesco entre las diversas lenguas, grupos y familias, pero aún así, resulta muy complicado trabajar con idiomas hablados por gente que vive en las profundidades de selvas de muy difícil acceso.


Y aquí es donde aparece nuestra protagonista: Sabine Kuegler.

Sabine nació el día de Navidad de 1972 en Katmandú, en Nepal. El profesor Klaus-Peter Kuegler, su padre, era un lingüista alemán que, cuando Sabine tenía un par de años, se instaló en Nueva Guinea para estudiar algunas lenguas remotas. El profesor Kuegler y Doris, su mujer, que era enfermera, se instalaron en Danau Bira, una pequeña población del lado indonesio de Nueva Guinea con sus 3 hijos.

Al cabo de unos años de residir en aquella pequeña ciudad de Nueva Guinea, el profesor Kuegler oyó hablar de una tribu que hablaba un idioma aislado, y que habitaba un punto de la selva de la provincia de Papúa, accesible sólo remontando el río Khili en barca durante unos cuantos días. El primer contacto con esta tribu, los Fayu, resultó bastante tenso; el profesor Kuegler y sus acompañantes indonesios se vieron rodeados por agresivos guerreros Fayu que les apuntaban con sus arcos. Tan sólo un acto desesperado por parte de Klaus-Peter Kuegler les permitió salvar la vida: puso en marcha el transistor que llevaba y comenzó a sonar la música. Los guerreros Fayu quedaron fascinados! Poco a poco la situación se tranquilizó y con paciencia el profesor pudo hacerse entender un poco.


Unas semanas después, toda la familia Kuegler se instalaba en el poblado de los Fayu, en una casa de madera que Klaus-Peter acondicionó ... mínimamente. Sabine tenía por entonces 7 años, su hermana mayor, Judith tenía 9 y Christian, el pequeño, sólo 5. Los comienzos fueron muy duros; les costaba hacerse entender, la vida era dura y, sobre todo, el choque cultural era brutal: Los Fayu vivían aún en el paleolítico, prácticamente no conocían la agricultura ni la ganadería, sus herramientas eran de madera y piedra y, para colmo, vivían en un estado permanente de guerra entre ellos! Las 4 tribus Fayu luchaban entre ellas para obtener una supremacía que no les conducía a ninguna parte: tiempo atrás, los Fayu habían llegado a ser más de 1.000 personas, pero ahora, estas luchas habían provocado que, entre las 4 tribus, no llegaran a los 400 miembros.


Al principio, a los niños de la tribu les daban miedo aquellos tres niños de piel blanca y unos extraños cabellos de color amarillo. Cuando los niños Kuegler jugaban, todos los niños del poblado se reunían en un árbol cercano y los observaban desde la distancia. No se atrevían a acercarse. El río, que es un elemento básico en la vida del pueblo Fayu, sirvió también para romper el hielo entre niños Fayu y niños Kuegler. Los gritos, chillidos y risas de los tres hermanos Kuegler saltando y bañándose en el río, hicieron que los niños Fayu no pudieran resistirse a la atracción del juego! Además, uno de los inventos de los Kuegler se convirtió en imán para los niños del pueblo: aprovecharon los pendientes que llevaban hasta el río para excavar un tobogán de barro; se tiraban deslizándose por la ladera para ir a caer en un gran charco entre un griterío desatado! Desde ese momento, Judith, Sabine y Christian se convirtieron en uno más entre los niños de la tribu.


Como ya he comentado, sin embargo, el mayor problema de los Fayu era el permanente estado de guerra en que vivían. La casa de los Kuegler era considerada territorio neutral y ninguno de los beligerantes osaba atacar a la familia. Pero durante una de las batallas, con los gritos y los golpes, la hija mayor de los Kuegler, Judith, que estaba escondida dentro de la casa, sufrió un ataque de ansiedad. Su padre no lo aguantó más y estalló; salió de la cabaña hecho una furia dejando asombrados a los guerreros. La bronca que les echó a los pobres guerreros Fayu fue "histórica" ​​(nunca mejor dicho) y, después se dedicó a abrazar a todos los guerreros, tanto los del poblado donde vivían los Kuegler, como los atacantes. Los guerreros Fayu no sabían a qué atenerse. Y aunque esto pueda parecer el tópico de "el buen hombre blanco salva los ignorantes salvajes", aquella bronca del profesor Klaus-Peter Kuegler marcó el inicio de la paz entre las tribus Fayu.


Sabine continuó creciendo, completamente integrada en la vida Fayu, corriendo por la selva, cazando animales y saliendo a toda prisa del río si se acercaba un cocodrilo. Conoció su primer amor, Tuare, uno de los jóvenes de la tribu, y a la vez su primer luto, cuando Tuare murió de malaria. Para desesperación de una joven Sabine, el tratamiento lanzado desde el avión que les traía periodicamente correo y suministros, no llegó a tiempo para salvar la vida de Tuare.


Quizás por la muerte de Tuare, y también por las presiones de su abuela, que vivía en Alemania, Sabine aceptó, a los 17 años, trasladarse a Europa para estudiar. Al llegar a Hamburgo, Sabine se sentía como un marciano recién aterrizado. Cuando alguien dijo a la asustada Sabine que el tren que la llevaría a su internado suizo, salía del andén 17, se dio cuenta de que no sabía qué era un andén. De hecho, no había subido nunca a un tren. La estancia en el internado suizo fue una pesadilla que la llevó, incluso, a intentar suicidarse. Por suerte, la visión de la sangre que salía de los cortes que se estaba haciendo de manera torpe en su brazo la hizo reaccionar. Había tocado fondo pero, a partir de ese momento, comenzó a integrarse en el mundo occidental sabiendo que, de todos modos, ella siempre si sentiría fuera de lugar.


Actualmente, Sabine Kuegler vive en Alemania, tiene 4 hijos y es propietaria de una empresa de comunicación. Tardó 15 años en volver al poblado Fayu, donde aún viven sus padres, ya que reconoce que, actualmente, no se siente ni occidental ni Fayu. A diferencia de Sabine, sus hermanos, Judith y Christian, si se han integrado completamente en la vida occidental; ambos viven en Estados Unidos. 

Sabine Kuegler ha plasmado todas estas experiencias increíbles en un libro titulado Das Dschungelkind (La niña de la selva), que se convirtió en best seller en Alemania, y del que se hizo una adaptación cinematográfica muy exitosa que lleva el mismo título que el libro.

Os dejo el trailer de la película. No entiendo mucho de cine, y por tanto, no se si cinematográficamente es una buena película o no, pero os puedo asegurar que, como historia, es fantástica! Si alguien quiere ver la película y no la encuentra, hacédmelo saber y os echaré una mano!

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